El Faro — Locura monótona teñida de keroseno y mitología marina
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Robert Eggers, ese exquisito cineasta obsesionado con el lenguaje del siglo XVII, las cabras satánicas que hablan y la precisión histórica de los clavos oxidados, decidió en 2019 encerrar a dos actores excelsos en una pequeña isla rocosa de Nueva Escocia durante varias semanas bajo tormentas reales. El resultado fue El Faro (The Lighthouse), una de las experiencias cinematográficas más alucinógenas, claustrofóbicas, teatrales y divertidas (en un sentido decididamente retorcido) del cine moderno.
Rodada en un bellísimo e implacable blanco y negro con formato casi cuadrado (1.19:1) y lentes de los años 30, la película sigue a dos fareros: Thomas Wake (un Willem Dafoe gigantesco que parece haber nacido con una pipa de madera pegada a la boca y oliendo a salitre) y Ephraim Winslow (un Robert Pattinson silencioso e iracundo que huye de un pasado turbio). Su tarea es simple: mantener encendida la luz del faro durante cuatro semanas. Pero la convivencia, el alcohol barato de contrabando, la monotonía brutal del trabajo físico, el viento ensordecedor y la misteriosa prohibición de Winslow de acceder a la linterna del faro desatan un torbellino de locura y flatulencias de proporciones épicas.
Monólogos de Shakespeare, sirenas y delirio de gas
El verdadero encanto de El Faro reside en su capacidad para combinar la alta cultura con la comedia física más grosera. Eggers adapta fragmentos de diarios reales de marineros de la época y mitología clásica (con referencias veladas al mito de Prometeo y Proteo), mientras nos deleita con Willem Dafoe tirándose pedos en un colchón podrido y Robert Pattinson perdiendo la cabeza masturbándose con una sirena de madera tallada.
La tensión entre ambos actores se cocina a fuego lento a base de alcohol de quemar y reproches culinarios. La icónica escena en la que Dafoe maldice a Pattinson invocando a Tritón y las profundidades del océano simplemente porque este último criticó su guiso de langosta es uno de los momentos cumbres de la historia del cine de autor. La actuación es tan exagerada, sudorosa y cruda que uno casi puede oler el keroseno y las axilas sin lavar de los protagonistas a través de la pantalla.
Lo mejor
- El duelo interpretativo: Willem Dafoe y Robert Pattinson se lanzan los monólogos a la cara como si fueran espadas, en un despliegue de talento físico y vocal que quita el aliento.
- La fotografía de Jarin Blaschke: La textura del blanco y negro, el contraste de sombras brutal (claroscuro de alta fidelidad) y la bruma perpetua generan una atmósfera gótica y mítica insuperable.
- El diseño sonoro: El sonido constante, mecánico y enervante de la sirena de niebla actúa como un tercer personaje que sabotea de forma activa la cordura del espectador.
Lo peor
- Su naturaleza marcadamente abstracta: Aquellos espectadores que busquen una explicación lógica, lineal y racional a las visiones mitológicas, los tentáculos gigantes y el comportamiento de las gaviotas terminarán profundamente frustrados.
- Cierta tendencia a la autocomplacencia formal: En ocasiones, Eggers parece más preocupado por lucir sus encuadres de pintura expresionista alemana que por avanzar la narrativa básica.
El Veredicto de Claqueta Ácida
El Faro es una deliciosa y enloquecedora bizarrada cinematográfica. Robert Eggers demuestra que no necesita grandes presupuestos para crear una obra colosal, bastándole dos actores en estado de gracia, una gaviota con malas pulgas y una luz cegadora que atrae la locura como las polillas a la llama. Una joya indiscutible de nuestra colección de “perros verdes” que te hará pensarlo dos veces antes de enfadar a un ave marina o mudarte a vivir al mar.