Pobres Criaturas (Poor Things) — Emma Stone dinamita el mito de Frankenstein con sexo, color y cinismo victoriano
Yorgos Lanthimos firma un deslumbrante, operístico e hipersexualizado delirio steampunk sobre la emancipación femenina más salvaje y divertida del cine contemporáneo.
Pobres Criaturas: El Frankenstein de Lanthimos o cómo convertir la misoginia victoriana en un circo de colores psicodélicos
En la noble redacción de Claqueta Ácida, donde hemos diseccionado con bisturí de obsidiana desde las adaptaciones más solemnes de Frankenstein hasta las versiones softcore de los mitos góticos que Hollywood escupe cada Halloween, Pobres Criaturas (2023) de Yorgos Lanthimos no llega como un susurro reverencial, sino como un elefante en una cristalería victoriana, cargado de LSD y con un manual de anarquía bajo el brazo. No es un homenaje, ni una reinterpretación, ni siquiera una parodia: es la autopsia despiadada de la moral burguesa, servida en bandeja de plata con salsa de absenta y un twist de humor negro tan ácido que derretiría el corsé de la reina Victoria. Con el guionista Tony McNamara (La Favorita) como cómplice en este crimen contra el buen gusto, Lanthimos no solo dinamita las convenciones del drama de época, sino que las entierra bajo una montaña de excrementos de unicornio, las riega con champán y las hace florecer en una orgía de color, sexo y cinismo.
La película arranca en un Londres que parece diseñado por un arquitecto que confundió el steampunk con un mal viaje de opio: calles retorcidas como intestinos, edificios que se inclinan como borrachos y un cielo perpetuamente teñido de un verde bilioso, como si Dios hubiera vomitado sobre la ciudad. En este infierno de cartón piedra, el doctor Godwin Baxter (Willem Dafoe, en una actuación que oscila entre lo grotesco y lo sublime) rescata el cadáver de una mujer embarazada que decidió que el Támesis era mejor opción que seguir viviendo en este mundo de mierda. Pero Godwin, que se hace llamar "God" con la modestia de un niño de cinco años, no se conforma con un funeral digno. Decide jugar a ser el Prometeo moderno y trasplanta el cerebro del feto nonato al cráneo de la madre, dando a luz —nunca mejor dicho— a Bella Baxter (Emma Stone), una criatura con el cuerpo de una mujer adulta y la mente de un bebé. O, como diría Lanthimos: "El experimento perfecto para demostrar que la humanidad es una mierda, pero que la curiosidad es lo único que nos redime".
Bella Baxter: La Eva postmoderna que se comió la manzana (y luego el árbol entero)
Lo que sigue es el viaje iniciático más salvaje, hilarante y visualmente deslumbrante del cine reciente, una road movie existencial que lleva a Bella desde los brazos de su "padre" Godwin hasta los de Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), un abogado libertino cuya idea de la emancipación femenina consiste en llevarla de crucero para follársela en cada puerto mientras le lee fragmentos de El origen de las especies. Pero Bella, bendita sea su ingenuidad biológica, no es una damisela en apuros, ni una víctima, ni siquiera una heroína: es un huracán de instinto puro, una fuerza de la naturaleza que devora el mundo con la misma voracidad con la que devora ostras, libros y penes.
El guion de McNamara es una máquina de demolición de los dogmas victorianos, pero también una celebración de la libertad en su forma más cruda. Bella no tiene filtros, ni prejuicios, ni esa mojigatería que Hollywood suele endilgar a sus protagonistas femeninas. Habla de sexo con la misma naturalidad con la que habla de política o de filosofía, y su evolución intelectual es tan acelerada que en cuestión de meses pasa de balbucear como un bebé a debatir sobre socialismo con la misma pasión con la que antes se masturbaba en público. Lanthimos filma este despertar con una libertad que roza lo pornográfico (en el mejor sentido de la palabra), sin caer en la trampa de moralizar o juzgar. Bella no es una víctima del patriarcado; es su peor pesadilla: una mujer que no necesita permiso para existir.
El viaje de Bella por Europa —desde Lisboa hasta Alejandría, pasando por París— es una sucesión de postales surrealistas que parecen sacadas de un sueño febril de un dandi del siglo XIX con sífilis. Robbie Ryan, el director de fotografía, convierte cada plano en una pintura viviente, usando objetivos de ojo de pez para distorsionar la realidad como si estuviéramos viendo el mundo a través de los ojos de un recién nacido (o de un borracho). Los colores son tan saturados que parecen salidos de un cómic de Moebius, con rojos que queman la retina, azules eléctricos y verdes venenosos que te hacen sentir como si hubieras ingerido setas alucinógenas. Las ciudades no son lugares reales, sino teatros de la crueldad donde cada edificio, cada barco, cada prostíbulo parece diseñado para subrayar la artificialidad de la moral humana.
El circo de los monstruos: Dafoe, Ruffalo y el reparto de freaks
Si Bella es el corazón de Pobres Criaturas, el resto del reparto es el coro de locos que la acompaña en esta bacanal de absurdo y genialidad. Willem Dafoe, con su cara cosida como un patchwork de cicatrices y su sonrisa de depredador bondadoso, roba cada escena en la que aparece. Godwin Baxter no es un científico loco al uso: es un padre sobreprotector, un dios fallido y un monstruo con complejo de Edipo, todo en uno. Dafoe le da una humanidad desgarradora a un personaje que podría haber sido una caricatura, y su química con Emma Stone es tan tóxica como entrañable, como si Norman Bates y su madre hubieran decidido criar juntos a una hija en un laboratorio.
Mark Ruffalo, por su parte, se come el escenario como Duncan Wedderburn, el abogado libertino que cree que seducir a Bella es su derecho divino. Ruffalo, que suele ser el "chico bueno" de Hollywood, aquí se transforma en un bufón patético y encantador, un Don Juan de pacotilla que se desmorona ante la indiferencia de Bella como un castillo de naipes en un huracán. Su declive físico y moral a lo largo del viaje es una de las subtramas más hilarantes y trágicas de la película, un recordatorio de que el machismo no es solo opresivo, sino ridículamente frágil.
Y luego está el resto del reparto, un desfile de personajes secundarios tan excéntricos que parecen sacados de una novela de Dickens escrita por David Lynch. Desde Ramy Youssef como Max McCandles, el asistente de Godwin con complejo de mártir, hasta Christopher Abbott como el general Alfie Blessington, un villano tan grotesco que parece un cruce entre el Barón Harkonnen y un muñeco de ventrílocuo, cada actor aporta su granito de locura a este circo de los horrores victorianos.
La banda sonora: Cuando la música suena a dolor de cabeza (y eso es bueno)
La partitura de Jerskin Fendrix es tan deliberadamente molesta como el resto de la película. Compuesta con una mezcla de instrumentos de cuerda desafinados, coros operísticos distorsionados y percusiones que suenan como si alguien estuviera golpeando una lata con un tenedor, la música no acompaña a la acción, sino que la sabotea con saña. Es como si Bernard Herrmann hubiera compuesto la banda sonora de Eraserhead después de una noche de borrachera. No es bonita, no es reconfortante, pero es perfecta: porque Pobres Criaturas no es una película que quiera acariciarte, sino una que quiere abofetearte con un guante de terciopelo.
El montaje: Un collage de pesadilla que se niega a aburrirte (aunque a veces lo consiga)
El montaje de Yorgos Mavropsaridis es tan caótico como el cerebro en desarrollo de Bella. La película salta de un estilo visual a otro con la misma despreocupación con la que Bella salta de un amante a otro: planos secuencia que parecen coreografías de ballet, cortes abruptos que te dejan descolocado, y una estructura narrativa que se niega a seguir las reglas del drama convencional. Hay momentos en los que la película parece un documental sobre la evolución humana filmado por un lunático, y otros en los que se siente como una comedia romántica escrita por el Marqués de Sade.
El problema es que, como todo exceso, a veces se pasa de rosca. El tramo final, ambientado en la mansión del general Alfie Blessington, pierde fuelle y se enreda en una trama de venganza que, aunque visualmente impactante, palidece en comparación con el viaje libertino de Bella. Es como si Lanthimos, después de haber quemado todas sus naves, se hubiera quedado sin ideas y hubiera decidido alargar la película por pura inercia. No es un desastre, pero sí un recordatorio de que hasta los genios tienen sus momentos de pereza.
Comparaciones cinéfilas: ¿Es Pobres Criaturas el Barry Lyndon de los freaks?
Si hay una película con la que Pobres Criaturas puede (y debe) compararse, es con Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick. Ambas son epopeyas visuales que reinventan el drama de época, ambas usan la fotografía como un personaje más, y ambas desmitifican la moral de su tiempo con una ironía tan sutil como un hachazo. Pero donde Kubrick era frío y calculador, Lanthimos es caliente y caótico; donde Barry Lyndon era una tragedia griega filmada con la precisión de un reloj suizo, Pobres Criaturas es una farsa shakespeariana dirigida por un maníaco con una cámara de juguete.
También hay ecos de el surrealismo de Luis Buñuel (especialmente en las escenas de comidas, donde los personajes devoran la comida como si fuera el último banquete antes del apocalipsis) y de el humor negro de Todd Solondz (en la forma en que la película trata temas como el abuso, la opresión y la sexualidad con una sonrisa burlona). Pero, al final, Pobres Criaturas no se parece a nada que hayas visto antes, y eso, en un panorama cinematográfico dominado por el franchise y el reboot, es un milagro en sí mismo.
Lo mejor
- Emma Stone se come la pantalla (y de paso, el guion, el vestuario y a Mark Ruffalo): Su transformación de bebé en cuerpo de mujer a filósofa libertina es el recital interpretativo del año, una mezcla de mimo, actriz de método y fuerza de la naturaleza que hace que Meryl Streep parezca una aficionada.
Lo peor
- El tramo final se enreda como un corsé mal abrochado: La estancia en la mansión de Alfie Blessington frena el ritmo como si la película hubiera decidido tomarse un té con pastas en medio de la orgía. No arruina la experiencia, pero sí te hace mirar el reloj con la misma impaciencia con la que Bella mira a los hombres aburridos.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9.2/10)
Pobres Criaturas es el equivalente cinematográfico a que te abofeteen con un filete de ternera mientras te susurran al oído versos de Baudelaire: duele, es excesivo, pero sales del cine sintiendo que has vivido algo único. Yorgos Lanthimos ha logrado lo imposible: hacer una película de estudio con presupuesto de blockbuster que huele a cine independiente, a transgresión y a mala leche pura. No es una película para todos (de hecho, es una película para casi nadie, y ese es su mayor mérito), pero si tienes estómago para el caos, los colores y las mujeres que no piden permiso para existir, esto es lo más cerca que estarás del cine como arte degenerado. Frankenstein nunca había sido tan divertido, ni el feminismo tan punk. 🎪🔪🎬 Tráiler Oficial
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