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The Mummy — La momificación de la cordura familiar

Lee Cronin coge el clásico de Universal, le quita las vendas doradas de la nostalgia y lo arrastra al fango del body-horror visceral y la posesión demoníaca.

✍️ Por: Bastian Noir
🎬 Director: Lee Cronin
👥 Reparto: Jack Reynor, Laia Costa, May Calamawy, Natalie Grace, Verónica Falcón
⏱️ Lectura: 12 min
⚡ Ácido Cítrico 6.8/10
Crítica y fotograma de la película The Mummy en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película The Mummy

En la redacción de Claqueta Ácida, donde el sarcasmo es nuestro pan de cada día y el cinismo nuestro condimento favorito, ya estábamos preparando el ácido clorhídrico para disolver los restos momificados de la franquicia The Mummy. Porque, seamos honestos, después de que Tom Cruise nos regalara en 2017 una carrera épica delante de una tormenta de arena que parecía diseñada por un becario de Pixar con resaca, cualquier intento de revivir este cadáver cinematográfico merecía, como mínimo, un escepticismo del tamaño de la Gran Pirámide de Guiza. Pero he aquí que Lee Cronin, ese director irlandés con una obsesión malsana por los fluidos corporales y los espacios que aprietan como un corsé victoriano, ha decidido que la egiptología de pacotilla, los sarcófagos dorados y los arqueólogos con mandíbula cuadrada podían irse a freír espárragos. Y vaya si lo ha hecho.

Con The Mummy (2026), Cronin no solo entierra el legado de Brendan Fraser —que, seamos justos, ya estaba más muerto que el propio Imhotep tras su trilogía de los 2000—, sino que lo sustituye por algo mucho más interesante: un terror analógico, sucio y profundamente incómodo, donde el verdadero monstruo no es un demonio milenario, sino el trauma familiar disfrazado de momia. La premisa es tan sencilla como efectiva: Charlie (Jack Reynor, en un papel que parece escrito para él, como si el guionista hubiera dicho: "Necesitamos a alguien que pueda llorar, sudar y maldecir en un mismo plano") y Larissa (Laia Costa, intentando con uñas y dientes darle profundidad a un personaje que el guion insiste en tratar como un saco de boxeo emocional) recuperan a su hija Katie (Natalie Grace) ocho años después de que desapareciera en el desierto de Nevada. Pero Katie no vuelve con un "hola, papis, os he echado de menos" y un abrazo grupal. No. Katie vuelve convertida en el receptáculo biológico de Nasmaranian, un demonio egipcio que, en lugar de esperar pacientemente en un museo británico a que algún arqueólogo despistado lo libere, prefiere momificar a sus víctimas desde dentro hacia fuera, como si fuera un Cronenberg pasado por el filtro de un episodio de The X-Files dirigido por un fanático de los gore de los 80.


Cronenberg en el Desierto: Cuando el Body-Horror se Encuentra con el Melodrama Familiar

Lo más refrescante —y, por qué no decirlo, lo único que salva a esta película de ser un direct-to-video de Syfy— es que Cronin no tiene ningún respeto por la nostalgia. No hay aventuras exóticas, no hay maldiciones ancestrales recitadas en jeroglíficos mal pronunciados, no hay Brendan Fraser haciendo el tonto con un látigo. En su lugar, nos encontramos con una pesadilla claustrofóbica donde el verdadero escenario del terror no es una pirámide, sino una casa prefabricada en medio de la nada, con paredes que sudan humedad y un frigorífico que parece guardar más secretos que la CIA. Cronin, que ya nos había demostrado en Evil Dead Rise (2023) que es un maestro de los espacios cerrados y los fluidos corporales —desde vómitos hasta sangre menstrual, nada le da asco—, lleva aquí su obsesión al siguiente nivel. Apoyado por la fotografía de Dave Garbett, que repite colaboración con el director y que parece haber estudiado cada fotograma de The Texas Chain Saw Massacre (1974) y Possession (1981) de Andrzej Żuławski, el filme se regodea en la textura de la descomposición. La piel que se agrieta como papel de arroz, la arena que brota de heridas imposibles, los ojos que se inyectan de un amarillo enfermizo... Todo en The Mummy (2026) parece estar cubierto por una capa de polvo y sudor, como si la película misma estuviera sufriendo una metamorfosis orgánica ante nuestros ojos.

Es imposible no ver aquí los ecos de David Cronenberg, especialmente de The Fly (1986), donde la transformación física de Jeff Goldblum era una metáfora de la decadencia humana. Pero Cronin no se queda solo en el body-horror; también bebe del melodrama familiar de Ari Aster, especialmente de Hereditary (2018), donde el duelo y la culpa se manifestaban en forma de posesión demoníaca. El Nasmaranian no es solo un monstruo con ojos amarillos y una voz que suena como si alguien estuviera arrastrando cadenas por un pasillo de hospital; es la encarnación física del dolor no resuelto de la familia Cannon. Katie no es solo una niña poseída; es el recordatorio viviente de que Charlie y Larissa nunca superaron su pérdida, de que su matrimonio se pudrió como la carne de su hija, de que el desierto no solo se tragó a Katie, sino también cualquier posibilidad de redención.


Actuaciones: Cuando el Sufrimiento se Convierte en Arte (o al Menos en Algo Decente)

Jack Reynor, ese actor que parece haber nacido para interpretar a padres al borde del colapso nervioso —como si alguien le hubiera dicho: "Oye, ¿sabes hacer de tipo que llora mientras sostiene un martillo? Pues aquí tienes un cheque"— está sorprendentemente bien. No es que esté haciendo algo revolucionario; al fin y al cabo, su personaje es el arquetipo del "hombre destrozado por la culpa que intenta recomponer los pedazos de su vida mientras el mundo se desmorona a su alrededor". Pero Reynor le da una vulnerabilidad cruda que hace que, por momentos, te olvides de que estás viendo una película de monstruos y creas que estás ante un drama indie de los que pasan desapercibidos en Sundance. Su química con Laia Costa es, cuando menos, tensa y realista, como si ambos supieran que su matrimonio es un cadáver que aún respira por inercia.

Hablando de Costa, la actriz española —que ya demostró en Carne de Dios (2022) que puede sostener una película con solo una mirada— intenta con todas sus fuerzas darle dignidad a un personaje que el guion insiste en tratar como un saco de boxeo emocional. Larissa es la típica madre que oscila entre la esperanza y la desesperación, entre el amor y el resentimiento, y Costa logra que esos cambios de registro no suenen a cliché. Eso sí, el guion no le hace ningún favor: en más de una ocasión, su personaje parece existir solo para gritar "¡No es nuestra hija!" mientras el Nasmaranian se ríe desde el cuerpo de Katie.

Y luego está Natalie Grace, la verdadera revelación de la película. Su interpretación de Katie —o, mejor dicho, del Nasmaranian habitando el cuerpo de Katie— es perturbadora desde el primer plano. Grace logra transmitir esa mezcla de inocencia infantil y malicia ancestral que hace que cada escena en la que aparece sea incómoda, como si estuvieras viendo a un niño jugar con un cuchillo sin entender del todo el peligro. Su actuación es tan buena que, en más de una ocasión, roba la película a sus compañeros de reparto, algo que no es fácil cuando tienes a Reynor llorando a moco tendido en la escena de al lado. Si Grace no termina siendo la nueva "chica del terror" de moda, es porque Hollywood sigue sin saber qué hacer con el talento joven.


El Guion: Entre la Originalidad y el Autoboicot

El guion de Cronin es un arma de doble filo. Por un lado, es refrescante que alguien haya decidido que The Mummy no necesita pirámides, maldiciones milenarias ni arqueólogos con sombrero de Indiana Jones. Por otro, el filme cae en la trampa de creer que el "gross-out" (ese recurso que consiste en mostrar cosas asquerosas solo por el shock) puede sustituir a un desarrollo de personajes o a un misterio bien construido. Hay momentos en los que The Mummy (2026) parece más un episodio de Fear Factor que una película de terror: la escena de la sopa de arena (sí, has leído bien) es tan innecesaria como memorable, pero no por las razones que Cronin probablemente esperaba. No es que sea mala; es que distrae del verdadero horror, que debería ser el psicológico, no el visceral.

El problema se agrava en el tercer acto, donde la película parece darse cuenta de que se le acaba el tiempo y decide resolver todo a base de clichés de posesión demoníaca. De repente, el Nasmaranian, que hasta entonces había sido una presencia sutil y perturbadora, se convierte en un monstruo genérico que grita, rompe cosas y hace que los ojos de Katie se pongan en blanco como si estuviera en un episodio de Supernatural. Es una lástima, porque la idea de una momia que no momifica desde fuera, sino desde dentro, era fascinante. Imaginen: en lugar de vendajes, la carne se seca y se agrieta como cuero viejo, los órganos se petrifican en tiempo real, la sangre se convierte en polvo... Podría haber sido una pesadilla visual única, pero Cronin prefiere caer en los tópicos de siempre.


Banda Sonora y Montaje: El Silencio como Aliado (y el Ruido como Enemigo)

La banda sonora de Jed Kurzel —que ya trabajó con Cronin en Evil Dead Rise— es tan sutil que casi pasa desapercibida, y eso, en una película de terror, es un cumplido. Kurzel entiende que el verdadero horror de The Mummy no está en los jump scares o en los gritos, sino en el silencio opresivo que precede a la aparición del Nasmaranian. Los momentos más tensos de la película son aquellos en los que la música se retira y solo queda el sonido ambiente: el crujido de la madera de la casa, el viento golpeando las ventanas, la respiración entrecortada de los personajes. Cuando la partitura decide aparecer, lo hace con cuerdas disonantes y coros etéreos, como si estuviéramos escuchando el lamento de un espíritu atrapado entre dos mundos.

El montaje, por su parte, es eficiente pero poco arriesgado. Cronin y su editor, Colin Campbell, optan por un ritmo que oscila entre lo pausado —para construir tensión— y lo frenético —cuando el Nasmaranian decide que es hora de liarla—. Hay un par de secuencias, como la del espejo o la del sótano, que están brillantemente coreografiadas, pero en general el montaje no aporta nada que no hayamos visto antes. Eso sí, hay que reconocer que sabe cuándo callarse: la escena en la que Katie revela por primera vez su verdadera naturaleza está rodada y montada con una elegancia que recuerda al mejor body-horror de los 80, sin necesidad de efectos digitales ni gore gratuito.


Comparaciones Cinéfilas: ¿Qué Película es Realmente The Mummy (2026)?

Si tuviéramos que colocar The Mummy (2026) en el árbol genealógico del terror moderno, diríamos que es hija bastarda de The Fly y Hereditary, con un toque de The Babadook y un abuelo lejano llamado The Thing. De Cronenberg hereda la obsesión por la transformación física como metáfora de la decadencia humana; de Aster, la idea de que el verdadero horror no está en el monstruo, sino en la familia disfuncional que lo alberga; de Jennifer Kent, la exploración del duelo como fuerza motriz del terror; y de Carpenter, el amor por los espacios cerrados y los efectos prácticos que huelen a sudor y a látex.

Pero, sobre todo, The Mummy (2026) es una película de su tiempo. En una era en la que el terror se ha vuelto cada vez más dependiente de los jump scares y los sustos fáciles, Cronin apuesta por algo más lento, sucio y desesperanzador. No es una película que te vaya a dejar con una sonrisa, sino con una sensación de incomodidad que perdura, como si te hubieran metido arena en los zapatos y no pudieras sacudírtela. Y eso, en el panorama actual, es casi un acto de rebeldía.


Lo mejor

  • Natalie Grace como Katie Cannon: Su interpretación es tan perturbadora que hace que te preguntes si la niña de El Exorcista (1973) no debería haber tomado notas. Cada vez que abre la boca, el Nasmaranian parece estar a punto de saltar de la pantalla y momificarte a ti también.
  • La fotografía de Dave Garbett: Tonos tierra, iluminación mortecina y un uso del claroscuro que convierte cada rincón de la casa en una tumba de adobe. Si el infierno existe, seguro que tiene este aspecto.

Lo peor

  • El abuso del "gross-out": Hay una escena con sopa de arena que es tan innecesaria como memorable, pero por las razones equivocadas. Cronin parece más interesado en revolver estómagos que en desarrollar el misterio del Nasmaranian.
  • Un tercer acto apresurado: La película olvida su propia premisa y cae en los clichés de posesión demoníaca de toda la vida. De repente, el Nasmaranian grita y rompe cosas como si fuera el fantasma de Poltergeist (1982) con esteroides.

El Veredicto de Claqueta Ácida (6.8/10)

The Mummy (2026) no es la obra maestra del terror que Blumhouse y Atomic Monster nos querían vender con sus campañas de marketing llenas de teasers misteriosos y pósters que prometían "el regreso de la momia definitiva". Pero, en un género que últimamente huele más a ambientador corporativo que a podredumbre real, esta película es un puñetazo de fango, sudor y fluidos corporales que le da una patada en el culo a una franquicia que estaba más muerta que el propio Imhotep. Lee Cronin demuestra que se maneja mejor entre la podredumbre que un cirujano en un matadero, y Jack Reynor sufre en pantalla con la dignidad de un mártir cristiano. No es apta para estómagos sensibles, ni para egiptólogos puristas, ni para quienes esperaban otra película de aventuras con Brendan Fraser. Pero si lo que buscas es un terror sucio, incómodo y profundamente humano, aquí tienes tu dosis de momia analógica. Eso sí, no digas que no te avisamos cuando sueñes con arena en los pulmones.

🎬 Tráiler Oficial

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