Titane — La colisión visceral de metal, fluidos y amor mutante
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En 2021, el jurado del Festival de Cannes presidido por Spike Lee tomó una decisión histórica e irreverente: otorgar la Palma de Oro a Titane, la segunda película de la directora francesa Julia Ducournau. Convertida en la segunda mujer en ganar el prestigioso galardón en solitario, Ducournau escandalizó al gran público con una obra de body-horror industrial, transgresora, salvaje e inesperadamente tierna que dinamita las nociones convencionales de género, biología y familia.
La premisa de Titane es una colisión en cadena de ideas dementes: Alexia (Agathe Rousselle) es una joven bailarina en salones de exhibición de coches que sobrevive con una placa de titanio en el cráneo debido a un accidente de tráfico infantil provocado por su padre. Alexia no solo tiene una alarmante facilidad para asesinar de forma psicótica a cualquier persona que se le acerque (usando una simple horquilla metálica de pelo), sino que además experimenta una enfermiza atracción sexual hacia las máquinas, quedando literalmente embarazada de un coche deportivo de exhibición. Para huir de la policía tras una masacre de asesinatos, Alexia se fractura la nariz de forma brutal ante un espejo para suplantar a Adrien, el hijo desaparecido hace diez años de Vincent (un Vincent Lindon mastodóntico), un atormentado bombero veterano adicto a los esteroides.
Cronenberg sobre ruedas y la redención del cuerpo mutante
Lo que sitúa a Titane como una de las joyas de nuestra sección de “perros verdes” es que Ducournau coge el horror corporal de David Cronenberg y lo inyecta con una sobredosis de emoción humana y melodrama familiar. El primer acto es un videoclip sudoroso, asesino e industrial con luces de neón rosa y azul, aceite de motor negro y fluidos metálicos espesos. Pero cuando Alexia ingresa en la vida de Vincent como el falso Adrien, la película transiciona de forma brillante hacia una de las historias de amor platónico, aceptación del cuerpo mutante y redención paternofilial más extrañas y conmovedoras del cine contemporáneo.
El diseño visual es colosal: el director de fotografía, Ruben Impens, satura la pantalla con colores primarios chillones y tomas en primer plano de la piel de Alexia abriéndose a causa de su embarazo mecánico, mostrando óxido y aceite plateado brotando de sus estrías. La relación física entre una protagonista que deforma su cuerpo para ocultarse y un bombero maduro que inyecta su glúteo de esteroides para fingir una juventud inmortal compone un retorcido y tierno canto a la imperfección de la carne.
Lo mejor
- La audacia y valentía de Julia Ducournau: Mantener el control narrativo y tonal de una película que encadena canibalismo, asesinatos con horquillas, sexo con coches y bomberos bailarines sin derrapar en el ridículo.
- El duelo actoral: Vincent Lindon derrocha una masculinidad vulnerable rota gloriosa, y la debutante Agathe Rousselle sostiene el peso físico del metraje de forma demoledora.
- La transgresión de género: Una deslumbrante exploración sobre la androginia, la maternidad indeseada y las familias elegidas frente a los lazos biológicos obligatorios.
Lo peor
- Provoca un rechazo físico instantáneo en el gran público: Quien busque una narrativa convencional, explicaciones lógicas o un cine cómodo y masticado saldrá huyendo a los veinte minutos horrorizado por la violencia.
- Cierta dispersión a mitad de metraje: La transición del slasher industrial del primer acto al drama de bomberos del segundo acto puede ralentizar excesivamente el ritmo de la película.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Titane es una Palma de Oro salvaje, mutante y ruidosa que demuestra que el cine francés de autor sigue estando a la vanguardia de la provocación intelectual y estética. Julia Ducournau confirma en nuestra sección de “perros verdes” que la carne y el metal se funden mejor cuando el guion está impregnado de un amor absoluto hacia los monstruos y las almas descarriadas. Una obra colosal, incómoda e imprescindible.