Vértigo — Hitchcock y la necrofilia romántica de Hollywood
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Elegida periódicamente por los estetas de la revista Sight & Sound como la mejor película de todos los tiempos (desbancando al ya trillado Ciudadano Kane), Vértigo (Vertigo) representa el momento en que el orondo maestro del suspense, Alfred Hitchcock, decidió abrir su subconsciente en canal y derramar sobre el celuloide toda su colección de traumas, fetiches sexuales y obsesiones insanas.
Estrenada en 1958 ante la incomprensión de una crítica que esperaba un thriller policíaco ágil, la película es en realidad un drama romántico perturbador y de tintes necrofílicos disfrazado de misterio criminal.
James Stewart o el héroe convertido en acosador de manual
La gran genialidad (y atrevimiento) de Hitchcock fue coger a James Stewart, la encarnación perfecta de la bondad, el sentido común y la decencia del ciudadano medio americano de la posguerra, y convertirlo en un detective retirado traumatizado por su acrofobia y poseído por una obsesión enfermiza y acosadora que hoy en día justificaría una orden de alejamiento inmediata.
Tras “fracasar” en su misión de proteger a Madeleine Elster (una magnética, fría e inquietante Kim Novak en el papel de su vida) y presenciar su aparente suicidio desde la torre de la misión de San Juan Bautista, Scottie (Stewart) entra en un abismo de luto que roza la demencia. Cuando semanas después encuentra por la calle a Judy Barton, una humilde dependienta que comparte un parecido físico asombroso con la fallecida, Scottie desata su verdadera locura de pigmalión de pesadilla.
La segunda mitad de la película es de una incomodidad psicológica fascinante. Scottie no quiere a Judy; quiere revivir el cadáver de Madeleine a través de ella. La obliga a teñirse el pelo de rubio platino, a comprarse los mismos vestidos grises de seda y a peinarse exactamente con el mismo moño en espiral. Hitchcock filma este fetichismo con un esteticismo barroco y enfermizo, logrando que el espectador sea cómplice silencioso de una violación de identidad psicológica en toda regla.
La invención del zoom de compensación (Efecto Vértigo)
Visualmente, la película es una clase magistral de cómo utilizar la cámara y el color para narrar el subconsciente. Hitchcock y su director de fotografía, Robert Burks, tiñen a Madeleine de unos tonos cianes fantasmagóricos (el coche, el abrigo, la iluminación nocturna de la habitación de hotel) que contrastan con los rojos ardientes de la pasión neurótica.
Por supuesto, es imposible hablar de Vértigo sin mencionar la invención técnica que revolucionó el lenguaje del cine: el zoom de compensación (el movimiento simultáneo de travelling hacia atrás y zoom hacia adelante, o viceversa), un truco óptico diseñado por Irmin Roberts para transmitir físicamente en la pantalla la distorsión espacial y el pánico del vacío que atenaza al protagonista. Es una solución analógica brillante que ha sido imitada hasta la saciedad por directores desde Spielberg hasta Scorsese.
Lo mejor
- El perturbador y valiente retrato de James Stewart, desmontando su fachada de héroe íntegro de la América clásica.
- La hipnótica y melancólica partitura musical de Bernard Herrmann, el verdadero motor emocional del filme.
- La invención del “Efecto Vértigo” (dolly zoom), una de las soluciones técnicas más influyentes del lenguaje cinematográfico.
Lo peor
- Ciertas incoherencias de guion en la trama criminal que requieren suspender demasiado la credibilidad en el tramo central.
- La excesiva pasividad dramática del personaje de Midge (Barbara Bel Geddes), que funciona meramente como un respiro terapéutico inofensivo.
- Un clímax final en la torre de la misión que se precipita con un accidente ridículo y moralista de censura de la época.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9.5/10)
Vértigo es una obra de arte perturbadora e imperecedera que demuestra que Alfred Hitchcock era mucho más que un artesano de la intriga comercial. Es un descenso al abismo del deseo, el fetichismo masculino y la necrofilia romántica filmado con una belleza plástica insuperable y una madurez psicológica que sigue incomodando y fascinando a partes iguales. Imprescindible si quieres entender el verdadero poder hipnótico y obsesivo del cine.